Nestor Ariñez

Nestor Ariñez – Máster en formación docente e innovación educativa

Hace algunas semanas, por la realización de un trámite tuve que solicitar mi certificado de matrimonio. La oficial de registro civil, siguiendo los protocolos para la extensión de este documento, me imprimió una copia en borrador para que la revisara. Mientras leía los datos, el nombre de mi esposa, el mío, la fecha, etc. muchos recuerdos confluyeron en mi mente, pero sobre todo la alegría del día más especial de mi vida que dio paso a lo que ahora es mi familia.

Creo en el poder de la familia, no solo para la educación de los hijos, sino para la plenificación de los cónyuges, así como para la construcción de sociedades cada vez más solidarias y fraternas. Soy consciente, por otra parte, que muchas familias que no están fundadas sobre la pareja son espacios de amor y crecimiento para sus componentes; y sé que muchas parejas no logran constituirse como familias porque se disuelven al poco tiempo de casarse.

Considerando todo esto y una amplia complejidad sociológica sobre la palabra familia, creo en la familia tradicional: padres e hijos, y en la familia extendida, abuelos, tíos, primos, etc. Sueño que en mi vejez mi casa se llene con mis hijos y sus parejas, y sus hijos, que los niños correteen por todo lado y que alrededor de una mesa tengamos momentos de paraíso.

Mi familia no funciona como un reloj, cada núcleo tiene su propia forma de ser, pero, desde mi responsabilidad como papá, procuro que se viva en un ambiente de calidez que nos permita a todos sentirnos amados, seguros, apoyados, escuchados y donde todos podamos crecer. Desde luego me preocupa la escuela, durante estos años he ido escribiendo sobre ella y he comprobado que se ha convertido en una institución obsoleta para las necesidades educativas de las nuevas generaciones.

A pesar de todo, sé del esfuerzo de los maestros y todavía confío en su sentido común y en sus buenas costumbres a la hora de educar a los niños. Salvo excepciones, en general los maestros aún son portadores de principios y valores muy humanos. Sin embargo, en estos últimos años, al calor del populismo político de nuestro país, y de una cierta confusión antropológica, se han ido divulgando ideas relacionadas con la teoría gender (de género), que no provienen de nuestra situación social ni de nuestras necesidades culturales sino desde otros lugares e intereses. No veo ningún argumento suficientemente sostenido ni en las estadísticas ni en la filosofía antropológica u ontológica y ni siquiera en los descubrimientos científicos, que justifique la intención de enseñar a mis hijos, niños y adolescentes, que tienen que ir pensando si quieren asumir un género u otro.

¡Me parece una aberración! ¡Una barbaridad disfrazada de evolución de los derechos! Esto significa la negación de un dato natural, nacemos con un sexo, y somos personas de uno u otro sexo. Que los roles de esta diferencia se hayan ido formando a través de los tiempos y las culturas es innegable, que estos roles hoy en día tengan que reflexionarse y replantearse para dejar de lado prácticas patriarcales y machistas, por supuesto; pero de allí a aceptar que puedo elegir si ser varón o mujer existe una distancia ontológica. Mi ser hombre o mujer no se da por un deseo o por alguna experiencia negativa, mi ser hombre o mujer es un dato dado, que responde a una ley natural, que me hace ser, que está inscrito en mi vida y que me permite ser una persona sexuada. Me permite desarrollarme, amar y comprometerme con mis ideales y anhelos de vida desde lo que soy. Si no fuera así, la familia perdería todo asidero antropológico y dejaría de ser el núcleo fundamental de la sociedad.