Iglesia Viva 06-06-2020

La pandemia ha cambiado abruptamente nuestra forma de vivir y relacionarnos. De manera forzosa, nos hemos encontrado cada cual en su propia casa aprendiendo de nuevo a compartir con el núcleo familiar las 24 horas del día. Ese cambio lo han sufrido, de manera especial, los niños y los adolescentes y jóvenes que se han visto privados de aquello que más les gusta: compartir con sus amigos.

Además, se ha truncado el proceso educativo apenas empezado. Los niños extrañan la escuela con todos los componentes que esta les ofrece; los padres están preocupados porque no saben qué hacer con la educación de sus hijos. En esta situación la única vía de salida es la educación virtual.

Esta última ha ingresado con fuerza en todo el mundo, justo por la pandemia. Es una metodología oportuna para continuar con el proceso educativo y no vulnerar el derecho de miles de niños, adolescentes y jóvenes que, por la presente circunstancia, no pueden estar en clases presenciales.

Es loable que el propio ministerio de Educación se haya preocupado de preparar a los maestros ofreciéndoles capacitación gratuita en tecnología a través de varias plataformas. Estamos viviendo un momento histórico que supone para nuestra sociedad un reto desafiante en el cual todos estamos involucrados.

De una u otra manera, todos tenemos que ser conscientes de que la forma de “hacer escuela” ha cambiado de ahora en adelante. Y si es importante la calidez del encuentro, no menos importante es la posibilidad de investigar, relacionarse, aprender algo nuevo que permita superar las limitaciones impuestas por la pandemia. Si es fundamental para el niño ensuciarse, jugar y compartir, de la misma manera puede aprender a ser creativo utilizando un ====smartphone====, una tableta o una computadora.

Muchos maestros buenos y preparados lo dicen claramente: estamos aprendiendo a usar una nueva herramienta. Se necesitará hacer pruebas, adaptaciones, mejoras en el progreso. Pero importante es que el niño se sienta siempre activo, motivado, que pueda desempeñarse con espontaneidad y creatividad. Para que todo esto se pueda hacer realidad en nuestro medio, es importante lograr que se cumplan unas condiciones mínimas.

Ante todo, que el maestro no tenga miedo de empezar a aprender algo nuevo, desconocido, que puede que no resulte tan bien en las primeras pruebas. Finalmente aprenderá una nueva didáctica que lo enriquecerá humana y profesionalmente. En segundo lugar, es necesario que los padres y madres estén atentos al bienestar de sus hijos sin dejarse contaminar por intereses políticos que no aportan al bien de la educación y que prefieren la inacción. Tercero: es imprescindible que las autoridades de educación tomen decisiones oportunas y pertinentes, abriendo sendas nuevas en este camino de la educación virtual. Es fundamental que pasen a reconocerlas y legitimarlas como una forma real de educar (acaso la única, en algunas circunstancias).

Las autoridades gubernamentales en su conjunto están llamadas, en esta hora histórica, a aportar a la educación como la única forma de mejorar las condiciones de vida de los habitantes de nuestro país.

En este momento tan delicado para la educación, la Iglesia católica valora y agradece los esfuerzos de los maestros; está a su lado, los acompaña y apoya para que nuestra educación adquiera una nueva calidad y sea capaz de responder a las distintas situaciones que nos toca vivir. Y piensa también en los miles de padres y madres preocupados por este año escolar, que desean que sus hijos estén protegidos y a la vez puedan estudiar, porque saben que lo que se juega es su futuro. Su preocupación es plenamente legítima, y por eso las instancias educativas de la Iglesia (que sirve a la sociedad con más de 2.600 centros dedicados a la educación) están comprometidas a apoyarlos para que los estudiantes puedan continuar con todos los medios a disposición hasta culminar exitosamente esta gestión escolar.

El autor es obispo presidente del área de Educación de la Conferencia Episcopal Boliviana